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Las Dos Joyas

Las dos Joyas: San Carlos y Zamora semejaban las ramas de una horqueta; San Carlos corría por el lado derecho y Zamora por el izquierdo. Ambas bifurcaban en el cruce de un puente elevado del ferrocarril el cual era accesible por una ancha y empinada escalinata de hormigón que conducía a la vecindad llamada El Cerro de las Animas.

La entrada comenzaba en el empalme formado entre la Calle San Carlos -de ahí que la Joya principal fuera llamada San Carlos- con la Calle Mercado. De allí partía calle arriba hasta llegar al puente donde se dividía en las dos Joyas como ya he explicado.

Recuerdo que en aquella intersección una vez al año se levantaba una tarima para rendirle homenaje al Apóstol Santiago con la celebración de fiestas patronales, amen de las dedicadas a nuestro excelso patrón San Carlos Borromeo y las ofrecidas en el Tamarindo a Nuestra Señora del Carmen.

Desde una esquina de la residencia de don Adolfo y doña Emilia Hernández cruzando la calle hasta la de la familia Moya se levantaba una armazón de madera adornada con ramas de flamboyanes, palmas, y cintas multicolores con el retrato del Apóstol Santiago enmarcado en el centro.

Diez días antes del 25 de julio -día del patrón- comenzaban las festividades con una salva de cohetes al mediodía seguida por una solemne misa en la escalinata. Seguidamente la muchachada y algunos adultos participaban en juegos populares tales como: carreras en sacos, subir el palo encebao y el único juego en que pude participar: las carreras de los caballos con caras de trapo y cuerpos de guajana de caña.

Costurera al fin, mi madre cosía la cara del caballo rellenándola con guano prestado de las almohadas o con pedazos de tela sobrante de sus costuras. La guajana para formar el cuerpo del caballo era otro cantar. Contar con mi padre para ir a buscarla a un cañaveral era como esperar que brotara agua de una roca. A veces mi madre compraba la vara a vendedores ambulantes y otras veces improvisaba con el palo de una escoba.

No recuerdo haber ganado premio alguno las veces que participé, sin embargo, puedo asegurar que era un pasatiempo sano y divertido. La malicia brillaba por su ausencia "en aquél entonces".

Por la noche las guirnaldas de luces colgadas a lo largo de la calle alumbraban toda La Joya San Carlos, un poco más allá de la residencia de la familia Miranda. Una que otra "pica" había reclamado una esquina estratégica en espera de los incautos esperanzados en aumentar el poco dinero en sus bolsillos.

Frente a la pluma de agua pública había sido instalada la única máquina de diversión para chicos y los no muy chicos: La Silla Voladora. Gracias al genio inventivo de su propietario, una persona llamada Nando Nieves, el diferencial de un automóvil había sido convertido en el mecanismo que movía una armazón de madera de cuyas extremidades pendían cadenas sosteniendo cajones emulando asientos. La energía para poner en movimiento el engranaje era proveída por los músculos de Nando impulsando constantemente una pesada manigueta. Cinco centavos compraban dos o tres minutos de felicidad para los más atrevidos, mareo y vómitos para los débiles de estómagos-vuestro seguro servidor uno de ellos.

Terminadas las festividades la normalidad regresaba a La Joya San Carlos hasta finales del mes de octubre cuando parte de la vecindad volvía a ser decorada anticipando las fiestas tradicionales a nuestro excelso patrón San Carlos Borromeo.

Si recuerdo bien en la Joya Zamora no había celebración alguna. Los vecinos participaban del honor que se le confería a Santiago Apóstol y el único aporte a la festividad era el hielo fabricado en la planta allí ubicada. Monte arriba se encontraba la quebrada llamada El Ojo Zamora y era de allí que partían las aguas que inundaban a las dos Joyas cada vez que Madre Natura decidía refrescar el ambiente.