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Las Fiestas Patronales


Seis de la mañana en el Aguadilla de mis recuerdos.

La ciudad pugna por despertar a otro día ajetreado que le espera. Muchos morosos prefieren quedarse "un ratito más" en la cama a dejarla para salir en busca del pan de cada día.

¡Shhhhhhhhhhh...Pum!
Un cohete parte hacia el espacio logrando con su explosión que los perezosos abandonen sus lechos apresurándose a salir al balcón para apreciar la alborada musical un poco distanciada.

Otro cohete vuelve a rasgar el aire indicando con su sonoro estallido la proximidad de los músicos empeñados en despertar a los residentes en la ruta recorrida por el camión que los conduce por las calles principales de la ciudad. Poco a poco se va escuchando las notas musicales de "El Caimán" y de otras canciones ejecutadas por "Los Músicos de la Aldea" como en broma solía llamarlos mi padre. Aclaro que el repertorio no era muy abundante en selecciones musicales. Cuatro era el máximo, "El Caimán" la preferida.

Una vez que el camión llegaba a una intersección principal allí detenía su marcha, un miembro de la familia Yulfo encendía la mecha de un cohete, el proyectil se elevaba hacia el firmamento y segundos luego...¡PUM!, explotaba la pólvora. Inmediatamente Alejandro Grajales en el bombardino o bombo, Chago "El Negrito" en el clarinete, Johnson Corchado en la trompeta y otros músicos cuyos nombres no recuerdo comenzaban a tocar (vuelvo a repetir) las notas de "El Caimán".

Aquella alborada musical por las calles de la ciudad daban comienzo a los nueve días más felices de mi vida infantil y adolescensia en el Aguadillita querida de don Julio Sanabia. Era la apertura de las festividades dedicadas a nuestro Santo Patrón San Carlos Borromeo; celebración socio-religiosa que no sólo atraía personas de pueblos circunvecinos sino que también enriquecía el comercio y la banca de la ciudad.

Unos días antes del comienzo de las fiestas, al salir de la escuela Agustín Stahl cerca de las cuatro de la tarde; entusiasmado veía cómo los primeros camiones cargados de máquinas de entretenimiento hacían su entrada por la Calle Progreso, recorrían parte del perímetro de la Plaza Degetau y se detenían a descargar frente al Teatro Star.

La Estrella Giratoria era la primera máquina en ser erigida en una esquina de la plaza seguida por Los Caballitos, El Gusano y en la esquina cerca de la iglesia católica La Silla Voladora. Siempre consideré La Silla Voladora como una maravilla mecánica al utilizarse los ejes y piñones de un automóvil para mover una rueda de cuya circunferencia pendían cadenas sosteniendo asientos de madera. Espero no equivocarme al considerar La Silla Voladora como un producto del talento puertorriqueño.

Tras las máquinas o "machinas" como le llamábamos llegaban las picas y los juegos de azar en espera de los incautos que año tras año preferían jugar "hasta la camisa" confiados en recobrar sus pérdidas.

El espacio en la plaza no ocupado por las "machinas" le pertenecía a las "picas" y al templete que se levantaba para recibir por el día a los dignatarios municipales y a los políticos y por las noches a los artistas de la radio que venían desde la capital para entretener a la multitud que abarrotaba la plaza.

Noche tras noche (excepto la noche dedicada a Los Fieles Difuntos) la alegría y el entusiasmo reinaba por todos los rincones de la plaza. Los devotos más puntuales participaban de los servicios especiales a San Carlos llenando la iglesia "de bote en bote". Los morosos que no encontraban asiento escuchaban el servicio desde el atrio esquivando a los mendigos y buscones que desde temprano habían invadido el lugar.

Fuera de la iglesia la actividad acrecentaba según iban llegando más almas en busca de diversión. El olor a comida y frituras penetraba las fosas nasales más tupidas atrayendo a grandes y chicos a los friquitines levantados al lado y detrás de la Casa Parroquial. Los puestos de frutas añadían sus aromas al ambiente ya contaminado por la música alegre y bullanguera de las "picas" y las máquinas de diversión, cada una tocando una pieza musical diferente. Ya cerca de las once de la noche la actividad disminuía hasta que la última persona regresaba a su hogar obligada por el sueño, el cansancio o la policía. Mañana será otro día.

Así pasaban felices los días festivos hasta llegar el día del Santo Patrón.

Antes del mediodía ya la Plaza Degetau estaba cubierta por un sábana humana compuesta de pueblerinos, campesinos y residentes de pueblos vecinos tales como Moca, Aguada e Isabela; a pesar de que estos lugares celebraban sus propias fiestas patronales.

Una nota muy destacada eran las niñas campesinas traídas por sus padres a ofrecerles sus respetos a San Carlos. Vistiendo trajes de colores chillones cuyas largas faldas terminaban donde las medias comenzaban, las jibaritas sumaban sus coloridos al ambiente festivo de aquél día

Todos esperaban la oportunidad de acompañar la imagen de quien fuera Arzobispo de Milán, Italia, en su recorrido procesional por el perímetro de la plaza de recreo.

Con el permiso vuestro asumo carácter mundano en el siguiente párrafo para mencionar dos de los muchos refranes escuchados durante las fiestas patronales; expresiones vulgares que no dejan de ser parte de la riqueza de nuestro pueblo y cultura.

Cuando se comentaba las posibilidades de una "jamona" (solterona) contraer matrimonio la contestación más escuchada era: "Se casará cuando San Carlos baje el deo (dedo)"; indicando que sólo un milagro podía terminar su soltería.

Dos o tres días antes del 4 de noviembre, Día del Santo Patrón, se escuchaba a los inconformes lamentarse: "San Carlos encima y yo esnú' (desnudo)"; refiriéndose a la proximidad del día del Patrón y todavía no habían obtenido o decidido qué ropa iban a lucir ese día.

Un detalle que recuerdo pero que no puedo señalar si tenía efecto la víspera, el Día de San Carlos o el último día de las festividades era el lanzamiento de un globo de aire caliente al espacio. Con un nudo apretando mi garganta veía la esfera encendida elevarse en la negrura de la noche hasta perderse mar adentro llevándose la alegría de aquellos nueve días feriados. El final estaba cerca.

Camino a la escuela en la mañana del día luego de terminadas las fiestas, mis ojos se negaban aceptar la realidad al ver cómo en término de unas seis horas la plaza que la noche antes semejaba una colmena en plena actividad daba la impresión de haber sido azotada por un fenómeno sísmico.

La mayoría de las "machinas" habían sido despedazadas yaciendo inertes en el suelo que horas antes las sostuvo erguidas. Muchas de las "picas" y quioscos ya habían desaparecido mientras que otras eran desmontadas para ser transportadas a otra ciudad cuyas fiestas comenzarían bien pronto. Mi último vistazo a la plaza enfocaba en los obreros del municipio desarmando el templete y desconectando las hileras de luces que alumbraran todo el perímetro.

Ya cerca de las cuatro de la tarde al dejar la escuela cruzaba la plaza rumbo a mi casa justo a tiempo para presenciar la salida del último camión cargando en su plataforma las jaulas protectoras de Los Caballitos. Antes del vehículo desaparecer al voltear a la izquierda en la Calle Marina me parecía ver a uno de los potros de madera mirar en mi dirección y en su eterno relincho decirme: "No te aflijas, Braulio, nos vemos el próximo año."