Reconozco que la desaparecida Base Ramey contribuyó considerablemente
al adelanto económico de Aguadilla y de pueblos circunvecinos.
También acepto que hasta cierto punto el establecimiento
de la Base contribuyó al entendimiento entre dos culturas
completamente diferentes: una rica, poderosa y dominante; la otra
pobre, débil y falta de recursos para defender sus derechos
en una época envuelta en una conflagración mundial.
Que conste aquí mi fidelidad a los Estados Unidos de América;
como prueba ofrezco mi participación en dos guerras tras
veinticinco años vistiendo el uniforme militar norteamericano.
Desafortunadamente, todas las monedas tienen dos lados diferentes:
el extremo que aceptamos sin prejuicio alguno y el reverso que
muchos no nos preocupamos en inspeccionar.
Sería hipócrita de mi parte omitir el lado desconocido
de estas dos reseñas dedicadas a la Base Ramey y dedicarme
enteramente al aspecto placentero que la mayoría conocemos
y apreciamos.
Empezaré indicando que los comienzos de la Base Ramey fueron
enturbiados por un litigio causado gracias a la expropiación
de los terrenos que abarcaban el perímetro de la Base y
el traslado de los terratenientes a lugares desconocidos. El resentimiento
de los perjudicados duró varias décadas.
Una vez instalado el puesto militar los primeros americanos
pusieron pie en suelo puertorriqueño trayendo con ellos
los "billetes verdes", los deseos de aventura en tierra
extraña y una disposición arrogante vista con resentimiento
por muchos de nuestros compueblanos
Muchos (no todos) de aquellos extranjeros nos consideraban una
raza inferior, ineducados y dependientes de la plata que abultaba
sus bolsillos. Vivían bajo la impresión que el dólar
norteamericano podía comprarlo todo: el orgullo, la decencia
y la moralidad del nativo.
Los fines de semanas eran una pesadilla para los agentes de la
ley y el orden local y militar. Los dos o tres cafetines ubicados
en los alrededores de la Plaza Degetau eran el terreno de combate
utilizado por los yanquis embriagados en busca de bronca
con algunos locales que no estaban dispuestos a tolerar los insultos
de los extranjeros.
Recuerdo que en muchas ocasiones observé a la policía
local entrar en acción macana en mano tratando de mantener
el orden. Tras ellos llegaba la policía militar formándose
tremendo free-for-all que no tenía fin hasta que
un par de cabezas eran descalabradas, dos o tres aguadillanos
eran encerrados en la jaula de cuatro ruedas llamada "la Lola" y llevados ante un juez municipal;
la policía militar arrestaba a los gringos culpables igual que a los inocentes
por la bronca llevándoselos a empujones al Jeep
que les aguardaba para conducirlos al calabozo de la Base.
La situación trajo por resultado la imposición de
una regla militar declarando casi todo el pueblo de Aguadilla
off limits, es decir: fuera de los límites que los
militares estaban autorizados a frecuentar. La Plaza Degetau y
sus inmediaciones no eran afectadas por el mandato.
Unos cuantos años más tarde vestía yo el
uniforme militar viéndome obligado en innumerables ocasiones
a eludir a la policía militar para no ser arrestado. Otras
veces tuve que producir el documento que me autorizaba visitar
la casa de mis padres ubicada en una sección de la zona
prohibida.
El insulto a nuestra comunidad duró por los siglos de los
siglos.
Pauso una vez más para indicar que los años más
gratos durante mi vida militar los pasé en la Base Ramey;
confiado que no me comparen con el perro que mordió la
mano que le dio de comer. Mi intención es presentarles
la realidad que viví las dos veces que estuve destacado
en la desaparecida base aérea.
Desde el día en que la Base fue inaugurada hasta su cierre
dudo que entre muchos norteamericanos nuestra bella ciudad no
fuera identificada por otro nombre que no fuera Aquadirty
(Aguasucia). Despectivo heredado de las primeras generaciones
de norteamericanos que sirvieron en la Base cuando nuestra ciudad
no contaba con un sistema de alcantarillados capaz de contener
las aguas pluviales que se desbordaban por el casco de la ciudad
arrastrando a su paso con todo lo que no estuviera clavado. Una
vez las aguas se retiraban quedaban las calles cubiertas de la
basura traída desde monte arriba. Los americanos,
muchos de ellos acostumbrados a las conveniencias en su tierra,
calificaban a la ciudad tal y como la veían: una aqua
dirty.
Ocasionalmente me topaba con un inescrupuloso compañero
de trabajo (anglosajón, claro está) que pretendía
ser conducido al Mondongo o cualquier otro prostíbulo dando
por un hecho que yo los conocía todos por ser hijo de la
ciudad. Otros tenían el descaro de preguntarme si las mujeres
de mi pueblo eran fáciles de conquistar amorosamente.
Aclaro que no todos los norteamericanos pensaban o actuaban de
la misma manera. Muchos establecieron buenas relaciones con la
comunidad y aportaron al progreso de nuestra ciudad contrayendo
matrimonio con nuestras chicas algunos mientras que otros sentaron
residencia permanente en nuestra bella ciudad.
En la segunda parte mencionaré cómo ingresé en la Fuerza Aérea; a un tirano que por desgracia fue nombrado "amo y señor " de la instalación militar y la desilusión más grande en mi vida.