Compañeras y compañeros:
Ante la excelente obra de José Villa vuelvo a escuchar lo que alguien dijo hace hoy veinte años: "De este hombre se puede creer cualquier cosa menos que esté muerto."
No nos reúne la nostalgia. No inauguramos un monumento al pasado ni un sitio para recordar algo que desapareció.
Será éste lugar, para siempre, un testimonio de lucha, una convocatoria al humanismo. Será también homenaje permanente a una generación que quiso transformar el mundo y al espíritu rebelde, innovador, del artista que ayudó a forjarla y al mismo tiempo es uno de sus símbolos más auténticos.
Los años sesenta fueron mucho más que un plazo del siglo que termina. Ante todo era una actitud ante la vida, que conmovió desde lo más hondo a la cultura, la sociedad y la política y cruzó todas las fronteras. Su impulso renovador se alzó, victorioso, colmando aquella década, pero había nacido antes y no se detendría hasta hoy.
A esos años volvemos la mirada con la ternura del primer amor, con la lealtad que guarda todo combatiente para su más temprana y distante batalla. Los denigran todavía, con terco antagonismo, quienes saben que para matar la historia primero deben arrancarle su momento más luminoso y esperanzador.
Se está, se ha estado siempre, a favor o en contra de "los sesenta".
Caían, entonces, viejos imperios coloniales, surgían pueblos antes ignorados y su arte, su literatura, sus ideas empezaron a penetrar en las naciones opulentas. Nacía el Tercer Mundo y la solidaridad tricontinental y algunos descubrían que allá, en el norte rico, existía otro Tercer Mundo que también despertaba.
En Estados Unidos, un siglo después de la guerra civil, los negros peleaban por el derecho a ser tratados como personas y con ellos marchaban muchos estudiantes blancos. En Europa los jóvenes repudiaban la violencia imperial y se identificaban con los condenados de la tierra. Nadie hablaba todavía de globalización pero, para todos, la Tierra se achicaba, el mundo entero se hacía más cercano.
Entonces, finalmente liberada, apareció Cuba, descubierta verdaderamente en 1959 como parte inseparable, de todo empeño por la libertad, la vida y la verdad.
Parecía inmediata la victoria. Por lograrla se bregó sin descanso. En montes y ciudades, con piedras y con puños, con armas arrebatadas a los opresores y también con arengas, poemas y canciones. Se intentó asaltar el cielo, conquistar, en un solo acto, toda la justicia, para el negro y para la mujer, para el obrero y el pobre, para el enfermo, el ignorante, y el marginado. Se creía llegar a un horizonte de paz entre las naciones y de igualdad entre los hombres.
Fue sobre todo la rebelión de la juventud. Ante su empuje cayeron dogmas y fetiches, se quebraron los moldes del fariseísmo y la banalidad, se replegó la torpe mediocridad de una sociedad injusta y embustera que reduce el hombre a mercancía y todo lo convierte en oro falso.
Años después, y afirmando la continuidad del movimiento, Lennon lo describió con estas palabras: "Los Sesenta vieron una revolución entre la juventud... una revolución completa en el modo de pensar. La juventud lo asumió primero y la siguiente generación después. Los Beatles fueron parte de la revolución. Estábamos todos en este barco en los sesenta. Nuestra generación —un barco que iba a descubrir el Nuevo Mundo. Y los Beatles éramos los vigías de ese barco. Eramos parte de él."
Agitada fue la travesía desde el memorable concierto de 1963 cuando Lennon pidió, a quienes ocupaban las butacas más caras, que en lugar de aplaudir se limitaran a agitar sus joyas, hasta que seis noviembres después devolvió la Orden del Imperio Británico en protesta por la agresión a Viet Nam y la intervención colonialista en Africa. El rechazo a presentarse ante un público exclusivamente blanco, en la Florida, en 1966; la negativa a actuar en la Sudáfrica del apartheid; la denuncia al racismo en los Estados Unidos al llegar allá para participar en conciertos que habrían de ser boicoteados por el Ku Klux Klan; los llamados a la paz en el Medio Oriente; el respaldo a los jóvenes que desertaban del ejército agresor yanki y el constante apoyo a la resistencia vietnamita y a la lucha del pueblo irlandés; la búsqueda incesante de nuevas formas expresivas, sin abandonar nunca las raíces y el lenguaje auténticamente populares; el repudio al sistema burgués, sus códigos y mecanismos mercantilizadores; la creación de una corporación para combatirlos y defender la libertad artística, entidad a la que atribuyeron, incluso, una cierta inspiración comunista.