El que una pareja llegue al mismo tiempo al orgasmo es considerado como un refinamiento de la sexualidad: la guinda que remata el pastel.
Muchísimas parejas son felices, tienen unas relaciones sexuales totalmente satisfactorias y sin embargo se han acostumbrado a aceptarse teniendo ritmos diferentes. Mientras ambos queden satisfechos todo va bien. Para ellos por lo menos. No se preocupan de más.
¿Y esto ha de ser así? ¿Nos tenemos que conformar sin perfeccionar nuestra sexualidad? ¿Sin mejorar, acrecentar, mimar, sublimar, elevar el grado de nuestro placer?
¿Dónde quedan la ternura, el afecto, la preocupación de que la otra persona se una a nosotros en un sincronismo final, entregándonos mutuamente a la vez, dando y recibiendo al mismo tiempo lo que nuestro cuerpo sabe expresar en ese acto de clímax que es el orgasmo?
Sí, definitivamente. El sincronismo final (que es cosa de los dos), ha de cuidarse como una joya que enriquece nuestra vida. Es un regalo que mútuamente se intercambian los dos miembros de la pareja para demostrarse el deseo de agradar y la satisfacción de hacer feliz al otro.
Hay otro desincronismo, que llamo "desincronismo de 2ª especie", consistente en el diferente número de días que cada uno tiene para volver a necesitar el desahogo fisiológico del sexo. Afortunadamente, en una pareja de una intimidad feliz, este sincronismo se regula de forma automática al poco tiempo.