(O de como los gitanos se entienden con pocas palabras)
Nunca hubo años malos en la historia del gitano sino peores; algunos peores que otros pero siempre peores. Nada diferente, por tanto, durante el último tramo de la década de los cincuentas.
Es inútil recordar un año bueno porque no lo hubo, y así nos tenemos que conformar con “momentos” o “ratitos”. Parece que el recordar esos “ratitos” es un pasatiempo gitano que no ha cambiado con el tiempo.
Sentado en un bar del barrio, treinta o cuarenta años más tarde, estoy observando a Manuel, con su cafelito por delante, su bastón moviéndose al compás de una soleá que él sólo puede escuchar, ensimismado, con la mirada perdida en otros tiempos. De vez en cuando vuelve al mundo…
“Y esta gente… ¿Dónde se han metio?” Se refiere a mi hermana Virginia y a su mujer Lela, las cuales están haciendo la compra del día.
“No se preocupe, Manué. Las acabo de ver entrar en la panadería”, le respondo tratando de conformarlo. Pausa. Silencio. Nuestra conversación sigue en silencio, telepáticamente.
“Er pescaco.¡Amo que se les orbía er pescao! Pausa. Más silencio. El bastón da una vuelta para allá, otra para acá, como queriendo terminar por bulería.
Presiento que ha cambiado de recuerdos “En que piesa, Manué?”, le pregunto.
“Estaba pensando en un un día que nos reunimos uno cuantos y mi mujé hizo una berza. ¡Qué buena estaba esa berza!”
Cante y baile, sin escenarios, en una reunión íntima de flamencos. Y la berza. ¡Eso es un ratito bueno!
El tiempo pasa pero pocas cosas han cambiado. Me veo muy jóven, caminando con mi tío Frascuelo hacia el barrio de la Trinidad (Sevilla), en dirección al bar del mismo nombre. Es la hora del café. Cuando llegamos al bar ya están allí sus amigos. Dos o tres gitanos, sentados, con sus cafés por delante, sus bastones y sus silencios. Falta el del periódico. Le recuerdo bien porque siempre era el último en llegar, siempre con prisas, con su periódico debajo del brazo. ¡Y sin saber leer!
De hecho el único que sabía leer bien era yo y creo que esa era la razón por la cual me llevaba mi tío, “pa roneá”. En algún momento me haría leer la página taurina.
Pero por lo regular, silencio. Muchos silencios. Claro que el calor no daba para mucho más. Conversaciones telepáticas. De vez en cuando alguien decía en voz alta…
“Er alambre. ¿Cuántos metros has encargao?”
Les gustaban las peleas de gallos, y mi tío que era carpintero les construía las jaulas. Yo me entretenía observándolos. Llegué a comprender que el laconismo era sólo por fuera. Por dentro seguian las conversaciones.
“Le hablé er sábado pasado y me dijo que sí”, contestaba alguien a una pregunta que nunca se expresó en voz alta y que yo me imaginé como algo así: “¿Has visto a José? Porque me dijo que iba a traer el alambre”. Y la respuesta ahora sí tiene sentido: “Le hablé el sábado pasado y me dijo que sí”.
Los bastones mientras tanto al únisono. Toda una sinfonía de bastones. Yo no sabía qué era lo que pintaba allí. En ocasiones me pedian que trajera agua. “Escucha mi arma, ve y dile al camarero que me traiga un vasito de agua, por Dios, que estoy seco”.
El “por Dios” y el “mi alma” tomaban el lugar del “por favor” payo. Si aprendí algo, aprendí esto: La fórmula gitana es menos formal pero mucho más cariñosa.
El pito de un coche me devuelve al presente. Enrique, Vicente y Joselito se acercan a nosotros. Acaban de llegar de Jerez. Enrique es el primero en aproximarse pero antes de que pueda hablar una sola palabra, su padre Manuel Soto, como si hubiera estado hablando con él toda la mañana, sin perder el compás, le dice: “Ná. Aquí esperando a tu madre… que todavia no ha llegao… ¡Amo que se le orbía er pescao!”
Pero llegan las mujeres cargadas de bolsa. Yo le digo a Lela: “Me tiene que hacer una berza antes de que me vaya pa América”.
¡Qué buena estaba esa berza!